Desechos
reciclabes: un recurso que termina bajo tierra
Al menos un 10% de lo que entierra el Ceamse podría generar
trabajo y ahorro
Cada
vez que ve una botella vacía al pie de un árbol,
Carlos Rancich ve una moneda de 10 centavos en su bolsillo. Una
pila de diarios viejos, un envase de plástico, la lata
de gaseosa que alguien tiró al cesto... todo tiene para
él un valor que, aunque ínfimo, suma al final de
la jornada lo suficiente para alimentar a suyos. Esa basura de
la que él y otras 3 mil familias de La Plata se valen para
subsistir es sin embargo apenas una pequeña parte de la
que podría aprovecharse. El resto termina enterrado como
relleno sanitario en el predio del Ceamse produciendo, en lugar
de oportunidades, mayor contaminación y gastos.
Precursores
informales de una industria que algunas ciudades del mundo explotan
desde hace años, los cartoneros son el principal recurso
que tiene hoy La Plata para reducir el impacto del entierro indiscriminado
de basura. Su contribución -aún a escala artesanal-
resulta significativa cuando se consideran los enormes volúmenes
de desechos que se acumulan a diario.
Los
platenses generamos todos los días unas 700 toneladas de
basura y pagamos alrededor de 19 mil pesos diarios (27 pesos por
tonelada) para que sea enterrada por el Ceamse. Pero no todo lo
que enterramos es realmente basura: al menos el 10 % de lo que
termina como relleno sanitario podría reciclarse, según
reconoce el Municipio.
¿Cuánto
de esas 70 toneladas de material reciclable se salva hoy de terminar
bajo tierra? Nadie sabe decirlo con precisión. Los únicos
datos de los que se dispone son parciales. Corresponden a la experiencia
piloto que el Municipio lanzó meses atrás en Tolosa,
Romero y Abasto, pidiéndoles a los vecinos que separen
sus residuos en biodegradables y secos, a fin de que éstos
últimos sean reciclados.
Las
cooperativas creadas para que se encarguen de ello manejan cada
semana un promedio de 1.500 kilos de plástico, 2.400 kilos
de cartón, 1.300 kilos de chatarra, 1.600 kilos de vidrio,
600 de papel y 450 de nylon. Unas 8 toneladas en total, aproximadamente.
¿Es
un comienzo alentador", dice Ricardo Díaz, el director
de Higiene Urbana del Municipio, quien reconoce sin embargo que
el volumen resulta todavía modesto. Con su trabajo hormiga,
los cerca tres mil cartoneros de La Plata recuperan una cantidad
que, aunque incierta, sería varias veces mayor a la de
experiencia oficial.
Aún
así, "no es nada si se lo compara con todo lo que
hoy desaprovechamos", se lamenta Graciela Fernández,
la titular de Unión de Cartoneros de La Plata, al imaginar
toda esa riqueza enterrada. Y es que para ella -al igual que para
Carlos Rancich y otras 3 mil familias de cartoneros- una botella
vacía es una moneda de 10 centavos. Y 10 centavos suman.
CARTONEROS
UNIDOS
A
Graciela Fernández no le incomoda decir que se crió
entre la basura. Por el contrario, para ella es un motivo de orgullo.
Su abuelo fue uno de los primeros "depositeros" de La
Plata; su padre y su tío continuaron en el negocio, y ella
misma administró en su momento dos depósitos dedicados
a comprarle material a cartoneros y venderlo al por mayor a empresas
de reciclaje.
Pero
la misma informalidad de la industria en que se movía terminó
por ponerla contra la pared. Pese a sus esfuerzos, nunca consiguió
que el Municipio habilitara sus depósitos. Y sin habilitación,
las quejas de los vecinos -por la presencia de caballos y ruidos
molestos- hicieron que el trabajo menguara hasta que un robo la
dejó en la ruina en 2003.
Distanciada
del negocio de la basura, la vida la llevó a instalarse
en Altos de San Lorenzo. Y allí, sin proponérselo,
se reencontró con su rubro, sólo que desde una perspectiva
más cruda: la de la subsistencia diaria en un barrio donde
más de 800 familias en situación de pobreza extrema
viven casi exclusivamente de la venta de desechos.
En
2005, Graciela aprovechó su experiencia para fundar, junto
otros vecinos, la primera Unión de Cartoneros de La Plata.
"¿Por qué vivir tan apretadamente cuando el
negocio da para más?", fue su planteo.
Mientras
recorre ministerios y despachos oficiales pregonando sus ideas
y pidiendo ayuda para las familias que integran la Unión,
Graciela no puede contra su naturaleza. En ocasiones -confiesa-
detiene su camioneta en una esquina para recoger lo que alguien
descartó: una silla desvencijada, una chapa, un panel de
durlok. Así se levantó a lo largo de los últimos
años la sede de la Unión de Cartoneros, en 18 entre
81 y 82.
Esa
casilla armada con lo que otros tiran se ha convertido sin embargo
en un verdadero refugio para decenas de familias. Allí
se realizan cursos de oficios, se organizan campañas de
vacunación, se ofrece asesoramiento legal, se gestionan
becas para que los hijos no dejen la escuela y, cada tanto, cuando
llegan recursos, se festeja el cumpleaños colectivo de
los chicos del barrio.
"Es
la prueba de que juntos nos va mejor", dice Graciela, quien
ahora se propone armar una cooperativa de cartoneros: "si
se lo organiza bien -sostiene-, la basura es un negocio rentable
para todos".
UNA
INSOSPECHADA COMPETENCIA
Cartonero
toda su vida, Carlos Rancich (53) añora los tiempos en
que empezó a "cirujear" siendo todavía
un chico. Por entonces le bastaba dar una vuelta por el casco
de la Ciudad para volver con el carro cargado a Altos de San Lorenzo.
Hoy asegura que hacen falta entre cuatro y seis horas de trabajo
para juntar los 30 pesos diarios que necesita para vivir con su
mujer, su nuera y su nieto. "La gente tira cada vez menos",
se queja.
Desde
la Unión de Cartoneros, Adriana Quintero, una de sus integrantes,
dice lo mismo. "Antes la gente cambiaba las chapas de su
casa y las dejaba en la vereda; ahora las lleva a una compraventa.
Muchas familias juntan diarios viejos y cartón para para
las vacaciones; y hasta vemos autos nuevos detenerse para recoger
botellas".
"Mucha
gente que antes no le daba importancia empezó a darse cuenta
que alguna basura es plata", explica Angel Fernández,
un antiguo chatarrero de El Triunfo. "A 20 pesos el kilo
de cobre, nadie renueva la instalación eléctrica
de su casa y deja los cables viejos en la vereda", dice.
Pero
no sólo el cobre tiene valor. "Un kilo de vidrio se
paga 15 centavos; uno de cartón, 30; uno de papel de diario,
20 centavos; el papel blanco, 50 centavos; el kilo de plástico,
entre 60 y 80 centavos; el kilo de hierro, 20 centavos; y el kilo
de aluminio, hasta 4,50 pesos", detalla el chatarrero al
enumerar los valores que manejan hoy los depósitos.
Ya
que no por conciencia ambiental, al menos por el bolsillo algunos
parecen haber empezado a entender que no es negocio tirar toda
la basura en una bolsa y sacarla a la vereda.
INTERESES
EN COMUN
También
es cierto que existe una mayor conciencia ambiental entre los
platenses. Y esto es algo que el Municipio ha podido comprobar.
A cuatro meses de haber lanzado su plan piloto de clasificación
de residuos secos en Abasto, Romero y Tolosa, "la respuesta
de los vecinos es alentadora", entiende Ricardo Díaz,
el director de Higiene Urbana.
"La
experiencia arrancó lenta pero tuvo a las pocas semanas
un crecimiento importante que pensamos apuntalar con campañas
de promoción. Para nosotros es la prueba de que había
entre los vecinos una actitud de responsabilidad con su basura
que hasta ahora no disponía de condiciones para encauzarse",
señala el funcionario.
A
poco de extender el plan de selección de residuos en origen
a todo el casco urbano -su lanzamiento está previsto para
el 28 de agosto- el Municipio convocó ya a los cartoneros
para que colaboren con la iniciativa.
El
jueves último, el intendente Pablo Bruera firmó
un acuerdo con la Unión de Cartoneros para que éstos
conformen cooperativas y se ocupen de gestionar los desechos reciclables
generados en el casco urbano cuando arranque el Plan.
Suele
decirse que los acuerdos más prometedores son aquellos
en los que los intereses de una de las partes coinciden plenamente
con los de la otra: el caso de la basura reciclable parece reunir
ese requisito.
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